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lunes, 21 de mayo de 2012

Llegar tarde

Vivo con esa sensación de haber llegado tarde a todos los sitios que he querido ir. Llegué tarde la primera vez que me enamoré, tanto que ella me dijo que si hubiera nacido antes todo habría sido diferente y terminó casándose con otro. Llegué tarde a mi vocación, con un año de retraso para ser exactos, porque entré en algo de lo que esperaba tanto que sólo me proporcionó frustración y desvelos. Ese año en que esa chica rubia tocaba a mi puerta y yo no le contestaba, no sé si por fiebre, dolor o duermevela. Llegué tarde a mi profesión, porque cuando tenía claro que era mi futuro me impidieron especializarme en ella: los requisitos que no cumplía, el dinero que se había volatilizado y las inexistentes oposiciones (otro año para ser exactos). Llegué tarde a Salamanca, otro años más, para especializarme en algo que desde muy pronto había descartado. Y he llegado tan tarde, que ni sé, si habrá para mí un puesto de trabajo dondequiera. Sólo llegué pronto a ese amor del pasado, que se retroalimentaba de sí mismo, que lo daba todo a pesar de ser regado tanto como la flora autóctona del lugar en el que nací. El amor de quien me dibujaba, ese otro amor de quien no me quería en su inmaculada inocencia, ese otro de los celos inconmensurables, otro del consumismo sentimental, el furtivo, el doloroso y el del tormento sin límite. Todos tan parecidos y tan diferentes. Y hoy vuelvo a llegar tarde, tan tarde que no hay posibilidad remota de volver atrás.

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