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martes, 1 de mayo de 2012

Nívea (III)



Pero Nívea pertenece a esas personas que están hechas de otro material. La luz que emana desmiente esa fragilidad acrisolada, propia del abolengo de villanías. Sus carnes se consumen con cada día sin probar bocado. Su determinación por la mudanza se va doblegando en cada nuevo designio del bordón paterno. Sólo puede renegar del mundo para el que ha sido concebida, en los brazos de Juan. El moreno de parda cabellera, surcadas de algunas canas tan impropias de la lozanía que ostenta. Ése que le sonríe con ojos verdes como el trigo, que faena cada jornada. Con una complexión poderosa a la vez que dulce en la penumbra de la alcoba. Es tálamo infecundo de alegría efímera y monstruosa, esa que desordena trastocándolo todo como si del mismísimo vulturno se tratase. La alegría impía de los condenados a no entenderse por pertenecer a mundos diferentes. El júbilo beato de aquellos que nunca serán una sola carne. Con todo, ella lo busca. Indaga en la fortuna de descubrir entre sus labios de amapola dientes cándidos, que ceden paso a impúdicos apéndices escarlata. Son reos amantes de la incomprensión de quienes hablan dos idiomas distintos. Ella desde la caridad sacrosanta, él desde la libertad del tiranizado. Él que la percibe señora de hondas raíces castellanas, ella que lo divisa en sayón umbroso de su casta. Pero Nívea pertenece a esas personas que están hechas de otro material.

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