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lunes, 24 de octubre de 2011

Nívea (II)

Nívea hiere con sus pasos los fríos adoquines. Nadie comprende la soledad que alberga en su desesperado intento de huir. El otoño está mediado y vientos fríos cortan su cara. Ella intenta que cubrirse la boca con la chalina gris. Tras subir la plomiza calle, llama a una puerta desvencijada, desollándose su fina piel en tan innoble madera. Abren la puerta y al pasar a la estancia su tez vuelve a ser sonrosada al calor del hogar. En ese instante Juan la mira con tanta intensidad, que sus profundos ojos negros pareciese que fueran a atravesarla. 

Esos ojos, los mismos con que la contempló la primera vez que lo encontró trabajando a pecho descubierto las tierras de su familia. Ese día unos rayos de sol jugaban sobre su ojos, perezosos a abrirse tras una noche de sueño reparador. Nívea solía tardar en levantarse, pues cuando abría los ojos sentía el vacío desolador que suponía una vida predestinada por la cuna. No obstante, la luz marcaba uno de esos hermosos días de finales de septiembre. Un fino rayo de luz ha conseguido atravesar las cortinas de la ventana, deslumbrando los ojos cerrados de la todavía dormida Nívea. Ella abre los ojos y se despereza lentamente. En ese momento, Martina abre la puerta portando una bandeja , "buenos días señorita", y abre la cortina con un ímpetu que desmiente al menos en parte la edad que tiene. Sus cuarenta y tres años (surcados de penalidades, la muerte de su esposo e incluso la pérdida de uno de sus hijos a causa de la polio) no han logrado aún doblegar su carácter alegre e impetuoso. Tras esas breves palabras vuelve a marcharse cerrando la puerta tras de sí. Nívea abre los ojos, se acerca a los ventanales de la alcoba. Tras un desayuno variado pero frugal (no es propio de una dama de su condición comer en exceso), sale  como cada mañana a pasear por lo campos. Es entonces cuando descubre el curtido torso de Juan, sus cabellos oscuros y su torso propio de un dios pagano. 

Esta noche mientras se funden en un beso, que contrasta aún más su nacarada piel con el rostro dorado de Juan por esas innumerables horas de sol, ella recuerda su sonrisa y el sombrío respeto con que la trataba aquel día. Pero esta noche él la desea, desea entrar en sus ampulosas caderas y explorar sus ignotos adentros, cual náufrago abandonado en un nuevo continente. ¡Qué sino inescrutable han de encontrarse los amantes en frías noches de antaño!

2 comentarios:

Violeta dijo...

Cuántísimo se ha hecho de rogar este segundo "fascículo" de Nívea.
Precioso! ^^

J. Güell dijo...

A veces a las Musas no les apetece venir a tomarse un café a casa de uno :)