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jueves, 2 de abril de 2009

Delirium tremens


Como decíamos, querida, uno no escribe de cosas felices, puesto que cuando éstas llegan nosotros nos limitamos a vivirlas, a veces desesperadamente, apurándolas hasta el final ante la posibilidad (a menudo más que probable) de que se acaben. "Nada es para siempre", máxima que resuena últimamente en mis oídos, como una sentencia sincera y dolorosa. Parece una afirmación lapidaria, pero el escepticismo senequiano que a veces se instala como un invitado cotidiano, que te mira pálido y ojeroso, le resta importancia cuando tú recién levantado apuras el café de la mañana, para tras un portazo llegar a tiempo al trabajo. Y ya no te preguntas qué ha de ser esto, o cómo pudo ser lo otro, sino cuándo empezarás a volver a preguntártelo, ya estás cansado de que todo te parezca una gran incógnita matemática en esta ecuación inabarcable que es la vida. No puedes llorar, no puedes sangrar, a veces no puedes levantarte, y te automatizas alienando esas miradas que tanto dicen, pero que en el fondo ya no dicen nada. Susurras en soledad que la vida está hecha para ser vivida, pero que la ilusión se ha cuarteado por no sabes qué esquina, de esa habitación sin sombra que es tu ruina. Buscas ciertas esquirlas del pretérito perfecto, que ya no puede ser presente, debido a que tú eres otro, que mucho o poco debe al que ayer inflamados sentimientos de vivir poseía. Y ahora te limitas a contemplar estancado, perdido en un mar de absoluta nada, que esto no era como te lo habían contado y que aquello en lo que siempre creíste son bellos cascarones vacuos, que nada esconden. Nada abriga ya el alma, cuando te han desposeído de lo que era más tuyo, cuando la realidad es que nunca llegaste a poseerlo.



2 comentarios:

Amanda dijo...

¿Y sólo son 22 los años que tienes?

Yo tardé el doble en descubrirlo.
Ahora siento que lo único que de veras puede abrigar el alma es Ser, sin atributos.

Anónimo dijo...

joder es perfecto