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sábado, 4 de junio de 2005

Naufragios y regresos


Como náufrago del beso, viajo por los tempestuosos mares del amor. Mis palabras se deslizan limpiamente sobre las olas, que se espuman salvajemente con su cresta albina, aún a veces vientos las tumban, pero ellas se levantan doloridas para expresar aquello que quiero que digan. Esa luna clara, con cuya luz mortecina, que ilumina todo, cómplice de los enamorados que en la semioscuridad de la noche se acarician en zonas prohibidas y se besan, embriagados por la pasión, ese amor que consume desde las entrañas y los domina en una espiral de caóticos sentimientos. Esos labios que hablan entre ellos un lenguaje viejo como el mundo, el del beso. Los labios se ensamblan, hay pequeños mordiscos, besos lentos y tiernos, violentos y apasionados, recorren el cuello, el lóbulo de la oreja. Las caricias estremecen los cuerpos saturados a causa de la libido, un escalofrío recorre la columna vertebral haciendo vibrar todo el cuerpo. Las manos avanzan a través del otro cuerpo, acarician la espalda, aprietan los brazos, se introducen entre los cabellos, descubren los secretos recónditos del objeto de deseo. Los cuerpos se abrazan, Afrodita se complace ante tal acto de entrega, se entregan abandonados al éxtasis del placer, ese momento en que se pierde toda conciencia del espacio y del tiempo. La cúspide del amor. El hedonismo que inunda todos los poros de la piel, esa pequeña muerte, delicia de cualquier ser humano. A beleza suprema...



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