Pero Nívea pertenece a esas personas que están hechas de
otro material. La luz que emana desmiente esa fragilidad acrisolada, propia del
abolengo de villanías. Sus carnes se consumen con cada día sin probar bocado.
Su determinación por la mudanza se va doblegando en cada nuevo
designio del bordón paterno. Sólo puede renegar del mundo para el que ha sido
concebida, en los brazos de Juan. El moreno de parda cabellera, surcadas de
algunas canas tan impropias de la lozanía que ostenta. Ése que le sonríe con
ojos verdes como el trigo, que faena cada jornada. Con una complexión poderosa
a la vez que dulce en la penumbra de la alcoba. Es tálamo infecundo de alegría
efímera y monstruosa, esa que desordena trastocándolo todo como si del mismísimo
vulturno se tratase. La alegría impía de los condenados a no entenderse por
pertenecer a mundos diferentes. El júbilo beato de aquellos que nunca
serán una sola carne. Con todo, ella lo busca. Indaga en la fortuna de
descubrir entre sus labios de amapola dientes cándidos, que ceden paso a
impúdicos apéndices escarlata. Son reos amantes de la incomprensión de quienes
hablan dos idiomas distintos. Ella desde la caridad sacrosanta, él desde la
libertad del tiranizado. Él que la percibe señora de hondas raíces castellanas,
ella que lo divisa en sayón umbroso de su casta. Pero Nívea pertenece a esas
personas que están hechas de otro material.
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martes, 1 de mayo de 2012
Nívea (III)
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lunes, 24 de octubre de 2011
Nívea (II)
Nívea hiere con sus pasos los fríos adoquines. Nadie comprende la soledad que alberga en su desesperado intento de huir. El otoño está mediado y vientos fríos cortan su cara. Ella intenta que cubrirse la boca con la chalina gris. Tras subir la plomiza calle, llama a una puerta desvencijada, desollándose su fina piel en tan innoble madera. Abren la puerta y al pasar a la estancia su tez vuelve a ser sonrosada al calor del hogar. En ese instante Juan la mira con tanta intensidad, que sus profundos ojos negros pareciese que fueran a atravesarla.
Esos ojos, los mismos con que la contempló la primera vez que lo encontró trabajando a pecho descubierto las tierras de su familia. Ese día unos rayos de sol jugaban sobre su ojos, perezosos a abrirse tras una noche de sueño reparador. Nívea solía tardar en levantarse, pues cuando abría los ojos sentía el vacío desolador que suponía una vida predestinada por la cuna. No obstante, la luz marcaba uno de esos hermosos días de finales de septiembre. Un fino rayo de luz ha conseguido atravesar las cortinas de la ventana, deslumbrando los ojos cerrados de la todavía dormida Nívea. Ella abre los ojos y se despereza lentamente. En ese momento, Martina abre la puerta portando una bandeja , "buenos días señorita", y abre la cortina con un ímpetu que desmiente al menos en parte la edad que tiene. Sus cuarenta y tres años (surcados de penalidades, la muerte de su esposo e incluso la pérdida de uno de sus hijos a causa de la polio) no han logrado aún doblegar su carácter alegre e impetuoso. Tras esas breves palabras vuelve a marcharse cerrando la puerta tras de sí. Nívea abre los ojos, se acerca a los ventanales de la alcoba. Tras un desayuno variado pero frugal (no es propio de una dama de su condición comer en exceso), sale como cada mañana a pasear por lo campos. Es entonces cuando descubre el curtido torso de Juan, sus cabellos oscuros y su torso propio de un dios pagano.
Esta noche mientras se funden en un beso, que contrasta aún más su nacarada piel con el rostro dorado de Juan por esas innumerables horas de sol, ella recuerda su sonrisa y el sombrío respeto con que la trataba aquel día. Pero esta noche él la desea, desea entrar en sus ampulosas caderas y explorar sus ignotos adentros, cual náufrago abandonado en un nuevo continente. ¡Qué sino inescrutable han de encontrarse los amantes en frías noches de antaño!
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sábado, 4 de junio de 2011
Nívea
"El albur de la displicencia serena marca un antes y un después, de quienes la vida observan alienada la realidad de la concupiscencia. Esa acumulación desordenada de la realidad con ambages, que impone vivir como mejor se pueda. El legado patrimonial intangible de tántalo y azucena sesga los caminos con indeterminación en el juicio. La vacuidad sacrosanta se eleva a los altares contingentes, cercenando el rigorismo encorsetado de los arquetipos ideológicos tradicionales." piensa la bella Nívea mientras devora el desayuno de la misma forma que lo hace días tras día con la vida. Nació para ser una refinada dama de porte señorial, una matrona fecunda dueña de la casa, culta y refinada; destinada a apagarse entre las encorsetadas paredes de esa casa, que como su alma se estaba cayendo a pedazos. Su fisionomía se había aliado a su destino: unas caderas ampulosas y unos senos enormes en una vetusta ciudad provinciana, significaban un sano heredero que perpetuara el linaje de alguna de esas familias de la alta sociedad, condenadas a extinguirse por siglos de endogamia. Su padre, desoyendo sus insistentes súplicas, había concertado un matrimonio con un noble heredero, cuyo título pesaba más que su escasa y cuestionable fortuna. La dote de Nívea subsanaría los problemas económicos de la familia Augusto; a cambio ellos culminarían las aspiraciones políticas de su padre, un alcalde arribista de provincias.
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