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sábado, 28 de enero de 2012

Mis manos

Afirma el Islam, que el día del Juicio Final, las manos del hombre hablarán a Dios contando todas las cosas que ha hecho durante su vida. Mis manos hablan todo aquello a lo que no me atrevo a ponerle nombre durante la vida cotidiana. Ellas desmienten esos leves engaños, que me proporciono a mí mismo para seguir adelante cada día. Son desleales, haciendo partícipes de mis sentimientos más profundos a quienes quizá no lo merezcen. Y también, me acompañan en el camino de los cuerpos, en la caricia desenfadada, en el abrazo sincero... Mis manos, de palmas suaves, que nunca ciñeron espada pero que han empuñado innumerables veces la pluma, a fin de vencer la batalla al olvido, al desamor y la derrota; de la que tantas veces he vuelto instruido en la epifanía dolorosa de la verdad pétrea. Mis manos de tántalo y azucena que me hacen confesar lo inconfesable, que se crispan de dolor, que se hunden entre los pliegues de mi cuerpo para intentar reparar las heridas más profundas que puede experimentar el hombre. Pero no, no están hechas para el calor de los cuerpos, sólo para el sufrimiento de la azada y el frío ensordecedor de la mañana.

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