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domingo, 14 de noviembre de 2010

Miradas

Darte lo que era suyo,
aquello que pensaba
(a pesar de impalpable)
que nadie podría arrancarle.

Sus palabras,
más suyas,
cuanto más factible
la necesidad de plasmarlas
en folios tristes de la mesa tranquila.

En tardes de las iluminadas aulas,
si advertías bien
(algo que ambos sabemos)
podías contemplar
todo el universo a través de sus ojos.

Él te dio lo único
realmente suyo:
sus palabras,
su incomprensión de anciano prematuro,
sus solemnes proverbios
de una niñez madura.

Tantos "te quiero"
como lenguas pudiese haber conocido,
tantos desencuentros,
tanto dolor,
que terminó ahogado
por eso que siempre falta:
tiempo.

Pero a pesar de todo,
él siempre vuelve a ti,
vuelve a tus ojos,
vuelve a tus manos,
vuelve a las sonrisas
que nadie más podía entender,
cuando durante un instante,
os mirabais rodeados por tantos,
y solos al mismo tiempo.


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